Septiembre es tiempo de renovación. Con el declive del verano llegan las primeras brisas refrescantes, y con ellas, se impone la rutina y el hábito de volver a actualizar nuestro calendario de  retos personales y profesionales.

Se han hallado desiertos durante meses, pero tan pronto como los gimnasios ostentan la máxima ocupación del año, damos la bienvenida a las camisetas de manga larga, así como llegan las promesas de llevar una dieta más saludable que compense los excesos de las vacaciones, o conseguir un presupuesto digno para renovar el fondo de armario de la temporada ¡con ese abrigo que te encanta! o incluso el anhelo de salir puntual del trabajo para atravesar la ciudad “pronto” y llegar a tiempo a la clase de baile de las 20h que te hace perder la cabeza… Sin embargo, más allá de nuestras marcas personales, es importante disfrutar del camino que nos conducirá hasta ellas, e incentivarnos a seguir adelante con nuestros objetivos a través del apoyo de  nuestros compañeros de fatiga (y nunca mejor dicho).

Pero lo cierto es que, en lo que a deporte se refiere, la trayectoria de evolución personal es especialmente ardua, así que a veces nos obcecamos con nuestros deseos perdiendo de vista la perspectiva, pues nuestra naturaleza inconformista tiende a menospreciar  nuestros logros. Es entonces cuando, ante tanto esfuerzo y dedicación,  sólo ellos son capaces de interrumpir nuestra concentración para arrancarnos una carcajada con la que nos recuerdan lo importante que es sentir nuestro cuerpo, pero sin descuidar una sonrisa.

Por su apoyo incondicional mostrándose partícipes en nuestras metas, su fe ciega en nuestras posibilidades, su capacidad para solidarizarse con nosotros y revitalizar nuestro estado de ánimo, he aquí un pequeño homenaje a nuestros compañeros domésticos.

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